Rendimiento mental
Toni Scoufalos
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Entrenar lo invisible: lo que también hace jugar mejor a un equipo
En un equipo no todo lo que afecta al rendimiento se puede ver.
Podemos entrenar la técnica, mejorar el físico, trabajar una jugada durante semanas y llegar mejor preparados al partido. Pero después aparecen otras cosas: la confianza entre compañeros, cómo reaccionamos ante un error, qué hacemos cuando sentimos presión o qué pasa cuando algo nos molesta y nadie lo dice.
A eso me gusta llamarlo entrenar lo invisible.
Porque muchas veces no hace falta entrenar más. Hace falta mirar qué está pasando entre las personas que tienen que jugar juntas.
Lo que no aparece en una planilla
Hace un tiempo estábamos trabajando con un equipo femenino de hockey. Una tarde nos reunimos en la caseta del club y empezamos con una pregunta bastante sencilla:
¿Cómo puedo hacer jugar mejor a la de al lado?
No preguntamos qué tenía que mejorar ella. Tampoco qué estaba haciendo mal el equipo.
La pregunta estaba puesta sobre cada una: ¿qué puedo hacer yo para que mi compañera pueda rendir mejor?
Empezaron a aparecer respuestas.
Hablar más. Alentar después de un error. Dar indicaciones claras. Escuchar. No recriminar. Pedir la pelota. Mostrar disponibilidad. Sostener a una compañera cuando el partido se complica.
Fuimos anotando primero los comportamientos que ya existían dentro del equipo y después aquellos que querían incorporar.
Y ahí pasó algo interesante: palabras bastante abstractas como confianza, compañerismo o comunicación empezaron a transformarse en acciones concretas.
La pizarra terminó convirtiéndose en un póster que quedó colgado en la caseta del club. Una forma de recordar algo que fácilmente se pierde entre entrenamientos, resultados y competiciones: la manera en la que nos relacionamos también se entrena.
Los valores no alcanzan si no sabemos cómo se ven
Es bastante común que un equipo diga que quiere tener confianza, compromiso, respeto o unión.
El problema aparece cuando cada persona entiende algo diferente por esas palabras.
Si decimos que queremos ser un equipo que se apoya, ¿qué significa apoyarnos cuando vamos perdiendo?
Si hablamos de buena comunicación, ¿cómo queremos hablarnos después de un error?
Si queremos ser un equipo valiente, ¿qué comportamientos deberían aparecer cuando llega la presión?
Ahí es donde un valor empieza a convertirse en cultura.
No porque esté escrito en una pared, sino porque podemos reconocerlo en lo que hacemos.
Una dinámica que podés probar con tu equipo
No hace falta una gran intervención para empezar a trabajar sobre esto.
Podrían reunirse después de un entrenamiento y empezar solamente con esta pregunta:
¿Qué puedo hacer yo para que mis compañeros jueguen mejor?
A partir de ahí, intentaría construir entre todos dos pequeñas listas:
Lo que ya hacemos y queremos mantener.
¿Qué comportamientos nuestros ayudan al equipo cuando las cosas van bien y, sobre todo, cuando van mal?
Lo que necesitamos empezar a hacer.
¿Qué podríamos incorporar para comunicarnos mejor, sostenernos más o competir de la manera que queremos?
La clave es intentar que las respuestas sean conductas.
“Confianza” todavía es demasiado amplio.
“Después de un error, vuelvo a hablarle a mi compañero y le vuelvo a dar la pelota” ya nos dice qué hacer.
Y después viene probablemente la parte más importante: volver sobre esos acuerdos. Porque una conversación puede generar claridad, pero es la práctica y el seguimiento lo que empieza a convertirla en un hábito.
Entrenamos mucho más que jugadores
Cuando hablamos de rendimiento deportivo solemos mirar lo que es más fácil de observar: velocidad, fuerza, técnica, estadísticas o resultados.
Todo eso importa.
Pero un equipo también juega con los vínculos que construyó, con las conversaciones que tuvo —o evitó— y con la forma en la que aprendió a responder cuando las cosas no salen como esperaba.
Ese juego es más difícil de medir.
Pero no por eso deja de entrenarse.
Y quizás una buena forma de empezar sea preguntarnos:
¿Qué hago yo para que la persona que juega a mi lado pueda jugar mejor?


