Rendimiento mental
Toni Scoufalos
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El ruido interno y el silencio: cómo influyen en tu juego
Cuando hablamos de ruido solemos pensar en pantallas, redes, mensajes o distracciones externas. Pero en el deporte muchas veces el ruido más fuerte no viene de afuera.
Puede aparecer como exigencia constante, miedo a fallar, necesidad de corregirte rápido, querer entender todo ya o un diálogo interno que no para.
Y cuando la mente está demasiado llena, observar con claridad se vuelve más difícil.
No todo análisis ayuda
Imaginemos que terminás un partido frustrado.
Salís de la cancha y empezás a repasar cada error, escuchás varias opiniones, intentás entender qué pasó y buscás inmediatamente qué corregir para que no vuelva a suceder.
Desde afuera incluso puede parecer compromiso.
Pero a veces también es ruido.
Porque analizar no siempre significa comprender. Si estamos todavía atravesados por la bronca, la frustración o la presión por encontrar una respuesta, podemos terminar girando alrededor de lo mismo.
Ahí aparece algo que me interesa mucho de Byung-Chul Han y Simone Weil: la idea de que la atención también necesita silencio. No solamente ausencia de sonido, sino un espacio interno donde no estemos intentando reaccionar, corregir o controlar inmediatamente todo lo que aparece.
El silencio también puede formar parte del entrenamiento
No hablo de algo místico ni de sentarse media hora a meditar después de cada partido.
Puede ser algo mucho más sencillo.
Después de entrenar o competir, en vez de entrar directamente en el análisis, podemos dejar unos minutos sin estímulos, respirar, registrar dos o tres momentos importantes y permitir que lo vivido decante un poco antes de sacar conclusiones.
Algo parecido pasa con el cuerpo. No mejoramos únicamente por acumular carga, sino también por lo que ocurre entre esa carga y la recuperación. Con la mente podemos pensar algo similar: no todo aprendizaje ocurre mientras estamos haciendo, hablando o corrigiendo.
También necesitamos espacio para asimilar.
Una práctica de cinco minutos
Después de tu próximo entrenamiento o partido, probá no agarrar inmediatamente el teléfono ni empezar a analizar todo lo que pasó.
Durante unos minutos podés preguntarte solamente:
¿Qué estoy sintiendo ahora?
¿Qué dos o tres momentos del entrenamiento o partido quedaron más presentes?
¿Hay algo que necesite entender ahora o puedo volver sobre esto más tarde?
Después de esa pausa, recién ahí elegí una observación concreta sobre la que quieras trabajar.
La idea no es evitar el análisis.
Es crear mejores condiciones para analizar.
Menos reacción, más observación
En deporte estamos acostumbrados a hacer: entrenar más, corregir más, mirar más videos, buscar más herramientas.
Y muchas veces eso es exactamente lo que necesitamos.
Pero no siempre.
A veces rendimos peor porque estamos demasiado ocupados intentando rendir bien. Cada error viene seguido de un juicio, cada sensación de una explicación y cada partido de una necesidad urgente por entender qué pasó.
Quizás en esos momentos no necesitemos agregar algo más.
Quizás necesitemos generar un poco de espacio.
Porque mejorar nuestro rendimiento también implica aprender a observar qué nos pasa sin querer modificarlo inmediatamente.
Y, algunas veces, pensar con más claridad empieza pensando un poco menos.


